¿Alguna vez has visto a un niño quedarse sin palabras al ver un dinosaurio? A mí me pasó la primera vez que llevé a mis hijos al Museo de Historia Natural de Londres.
Se quedaron quietos, con los ojos como platos, frente al enorme T-Rex que ruge y mueve la cabeza. Me dieron la mano y solo me dijeron: “Mamá, ¿ese me ve?”. Así empezó una de las tardes más divertidas (y educativas) que hemos tenido en nuestra visita a la ciudad.
Si estás pensando en hacer una visita familiar, este lugar es una joya: gratuito, interactivo y lleno de maravillas. Aquí te cuento todo lo que necesitas para disfrutarlo a tope con peques.
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Porque no es un museo aburrido. Aquí se puede tocar, escuchar, asombrarse. Es gratis, espacioso, lleno de vida y muy bien preparado para los más pequeños. Y lo mejor: no necesitas saber nada de ciencia para disfrutarlo. Todo está pensado para aprender jugando.
El metro es tu mejor aliado. La estación South Kensington está a pocos minutos caminando por un túnel cubierto lleno de señales (perfecto para los días de lluvia). Las líneas Circle, District y Piccadilly te dejan allí.
Sinceramente, no lo recomiendo mucho. Hay tráfico, zona de peaje y poco sitio para aparcar. Pero si es tu única opción, busca aparcamientos públicos cercanos (ojo que no todos son baratos).
Nada más entrar por la puerta principal, te recibe un diplodocus gigante (cuando está en casa, porque a veces lo mandan de viaje). Pero la estrella es el Tyrannosaurus rex animado: mueve la cabeza, los ojos… ¡y ruge de verdad! Es el momento más épico del recorrido. A algunos niños les impresiona, así que puedes mantener una distancia segura si hace falta.
Pasar por debajo de una ballena azul de tamaño real es algo que no se olvida. Está colgada del techo y se puede ver desde varios ángulos. A su alrededor hay elefantes, jirafas, osos polares… Es como un safari cubierto.
Esta parte les fascina (y a veces les da cosquillas de nervios). Hay vitrinas con insectos coloridos y una colmena donde se puede ver cómo se mueven las abejas de verdad, detrás de un cristal. Aprenden sin darse cuenta.
Un ascensor te lleva por el “centro de la Tierra” hasta una zona donde hay piedras que parecen sacadas de cuentos de hadas: minerales fluorescentes, meteoritos, y una simulación de terremoto dentro de un supermercado japonés (sí, con estanterías que se mueven).
Hay varias cafeterías (algunas con menús infantiles) y zonas para picnic. Puedes llevar tu propia comida sin problema, lo cual se agradece si vas con niños pequeños o quieres evitar colas.
Todo está señalizado y es muy accesible. Hay cambiadores en todos los baños grandes, y bancos por todos lados para sentarse a descansar un rato si los pies se cansan.
La tienda es irresistible. Hay kits de excavación de fósiles, camisetas con esqueletos que brillan y hasta peluches de triceratops. Si puedes, pon un presupuesto antes de entrar para no salir con una bolsa llena.
El museo abre todos los días de 10:00 a 17:50. La entrada es totalmente gratuita, aunque algunas exposiciones especiales pueden tener un precio (opcional).
No es obligatorio reservar, pero si vas en vacaciones o fin de semana, hacerlo te evitará colas. Puedes hacerlo desde su web en pocos clics.
Para que la visita sea aún más divertida, aquí tienes un mapa que hemos diseñado pensando en los más peques. Tiene colores, dibujitos y las zonas más molonas del museo señaladas.
Haz clic aquí para descargar el mapa en PDF
Llévalo en el móvil o imprímelo y entrégaselo como si fuera un tesoro. ¡Funciona como un mapa del tesoro científico!
Si te gustó este recorrido, cuéntame en los comentarios cuál fue la sala favorita de tus peques o si descubrieron algo que les dejó con la boca abierta. ¡Y no olvides mirar hacia arriba en la sala de la ballena azul!
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